Cada vez más empresas necesitan medir su huella de carbono. Ya sea por presión de clientes, regulaciones o compromisos climáticos, entender las emisiones propias se está convirtiendo en una capacidad clave de gestión.

El proceso para medir emisiones corporativas se conoce como carbon accounting. Su objetivo es cuantificar las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a las operaciones de una empresa.

Los estándares más utilizados a nivel global son el GHG Protocol, que organiza las emisiones en tres categorías principales.

Alcance 1: emisiones directas

Son las emisiones que provienen directamente de las operaciones propias (la fuente de emisión es propiedad o controlada por la empresa).

Ejemplos:

  • Combustibles usados en vehículos corporativos
  • Gas natural en instalaciones
  • Procesos industriales

Alcance 2: electricidad y energía comprada

Incluye las emisiones asociadas a la energía que la empresa compra para operar y que fue generada por terceros.

Alcance 3: la cadena de valor

Incluye todas las emisiones indirectas que ocurren en la cadena de valor de la empresa.

Ejemplos:

  • Transporte y logística prestados por terceros
  • Viajes corporativos
  • Bienes y servicios adquiridos
  • Uso de los productos vendidos
  • Proveedores

En muchas empresas Alcance 3 puede representar más del 70% de la huella de carbono total.

El mayor desafío suele ser recolectar y estructurar los datos correctos, que muchas veces están dispersos en facturas, planillas o sistemas internos.

Una vez que la empresa entiende su huella de carbono puede identificar fuentes de emisiones, establecer objetivos de reducción, implementar acciones y mejorar su eficiencia operativa y de negocio en general. En muchos casos también, accediendo a nuevos mercados y mejorando su calificación como proveedor o bien como empresa en general.